Más sociedad civil, más democracia

DESTACADAS, Política

  Rafael Sanmartin @andalus56

 

Todos hablan de moderación, pero la mayoría no conoce el concepto de justa medida. Del “Aquí hace falta un partido que lleve esto al Parlamento”, “De aquí debe nacer un partido fuerte, que lo defienda”, se ha pasado a la desilusión, al desánimo; a la desconfianza plena en los partidos políticos. Y los partidos políticos se lo han ganado a pulso, quede bien claro. Unos, porque defender los intereses de las oligarquías, de las grandes corporaciones alemanas y americanas, de los bancos, las eléctricas, directamente del IBEX-35, siempre trae consecuencias. Aunque por la mayoría sólo se llegue a intuir, sí que se alcanza a desconfiar. Otros porque, en su ciega lucha por alcanzar el poder, no les importa aparcar los motivos que, supuestamente, les llevaron a buscarlo y hayan cambiado, en busca de su personal beneficio, para creer que el poder es lo único importante, independientemente de cómo se ejerza. Por buscar extraños compañeros de viaje, con principios, desde el principio muy distantes, sólo con el fin de sumar una mayoría condenada al fracaso por incoherente, salvo traición plena a los fundamentos que dicen defender. Todos los partidos se empeñan en apropiarse iniciativas de la Sociedad Civil, para capitalizarlas y, en el mejor de los casos, prostituirlas, en vez de perseguir su realización, en vez de satisfacer las demandas de esa Sociedad.

La llamada “Transición”, un fraude que permitió perpetuar las estructuras del franquismo y mantener en el poder a los más acentuados franquistas, ha llegado al extremo de que gente en otro tiempo defensores del nacionalismo andaluz, identifiquen aquella política exclusivamente con el disparo en la cabeza o el garrote vil, para disculpar la que actualmente deja a la gente sin vivienda, o les ayuda a morir quemados por no disponer de medios para pagar el alto precio impuesto por las eléctricas, para costear sus astronómicos sueldos a directivos y ex-políticos, no gestores. Aquel cambio violado por la acción de los partidos comprometidos con el capital interior y exterior, y por la inacción permisiva de los que pudieran tener verdadero interés democrático, es culpable del momento que estamos viviendo, en que hay quien pone su confianza en el cambio de color y de discurso, pero no quiere mirar las acciones y decisiones de ese color; mientras una mayoría, decepcionada, recurre a desentenderse y otorga cheque en blanco a los políticos.

Ha llegado el momento de cambiar. Pero esta vez, en serio.

En serio, porque los 70 fueron los años de la gran traición. Pero ya “el partido”, el que quiso ser único, con ínfulas de nueva Falange (como materialización de “las aventura del Gran Visir Iznogud”), en emulación del PRI, ha perdido la credibilidad que el nombre histórico y el dinero prestado le otorgaron entonces. Ya no le será posible comprar partidos, entre otras razones porque las asambleas de las comunidades no son partidos de fácil compra con puestos relevantes y sueldos prominentes.

Entonces se creyó que la solución tendría que venir de los partidos. Hoy, por fin, se está asimilando que la fuerza está en la Sociedad. En la medida en que la Sociedad Civil se informa, se conciencia y se organiza, a los partidos sólo les queda trabajar, aceptar la –para ellos- desagradable misión de legislar para el bien de la mayoría, o morir. O, como en Islandia, acabar en la cárcel. Esta vez toca ir sobre seguro. Esta vez no se puede confiar en quienes su escasa moral les permite traicionar a sus votantes. Igual que ocurrió en Andalucía el 4 de diciembre de 1977, el pueblo debe adelantar a los políticos; pero no para entregarles de nuevo su confianza, sino para tomar el poder y obligar a los que queden, a trabajar por el pueblo, por la gente, por quien tiene el derecho conculcado por la injusticia.

Las Asambleas Nacionales de Andalucía, Cataluña, Galicia, Mallorca y las que vendrán, son Sociedad Civil. No tienen más compromiso que con el pueblo del que forman parte. Hace falta, igual que hace cuarenta años, un Organismo de oposición que haga frente a la sinrazón del Gobierno, porque hay que poner en marcha lo que entonces paralizó la sinrazón del dinero alemán, que termine con los restos de un régimen capaz de negar el derecho de las comunidades, de interpretar la Ley a su antojo, de favorecer a sus financieros. Pero sólo puede ser un movimiento social, cultural, ciudadano. Las asambleas de las comunidades, independientes entre sí, tienen en común la posibilidad de cambiar la situación política y, con ello a corto plazo la económica. La Sociedad, la gente, el pueblo, sabe lo que necesitan y es, por tanto quien lo debe poner sobre la mesa. Pueden ser, son, la implantación definitiva de la democracia, tras tantos pasos atrás de planificación autoritaria.

Hay que cambiar el Estado. No nos puede seguir gobernando gente que sólo mira su beneficio personal, a costa de provocar hambre y miseria, que quieren manos libres a costa de cercenar derechos. Hay que redactar una nueva Constitución, verdaderamente democrática, que contenga y haga respetar el derecho a la autodeterminación, con un compromiso serio de que sólo pueda cambiarse por la voluntad mayoritaria del pueblo que la ha aprobado.

Hace falta una política democrática y respetuosa de la voluntad popular. Y, a falta de partidos comprometidos con el interés mayoritario, al que anteponen el suyo de clase, las asambleas son el único mecanismo capaz de afrontar y posibilitar este cambio.